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Inicio 2003 Aborto Terapéutico
Aborto Terapéutico PDF Imprimir E-mail
16 de enero de 2003
  
Dr. Eduardo Rosselot
 

Aborto terapéutico es el tema que surge, habitualmente, en el clímax de toda discusión donde se plantean contrapuestas posibilidades para tomar decisiones, en problemas clínicos que afectan a mujeres con embarazos patológicos, que de una u otra manera se pueden complicar hasta exponer la vida materna si el proceso sigue su curso.

 

En nuestro país la legislación estableció, indiscriminadamente, el carácter delictual de cualquier medida tendiente a interrumpir un embarazo, con feto presumiblemente no viable, de modo que en la actualidad este aspecto aparece, desde ese punto de vista, literalmente zanjado. Pero éticamente, tal criterio no admite un correlato indiscutible, porque pueden darse circunstancias en que tal procedimiento, legal y explícitamente proscrito, puede no representar lo que se pretende al hablar de aborto terapéutico.

Efectivamente, una primera condición del delito de aborto es la intencionalidad de dar muerte al ser que está en desarrollo. Sin embargo, en los casos en que se pretende un efecto terapéutico, por definición, la muerte del feto es sólo - y no puede aceptarse de otro modo - la consecuencia de una intervención que pretende evitar un daño fatal a la madre. Esta circunstancia, es cierto, es cada vez menos incidente en los embarazos patológicos, principalmente porque los avances en la medicina obstétrica y neonatológica, permiten evitar la muerte de niños nacidos muy prematuramente; de modo que un alto porcentaje de quienes fallecían irremediablemte, si se procuraba una inducción muy adelantada del parto o una extracción fetal anticipada, hoy se logra que sobrevivan a pesar de sobrevenir, frecuentemente, severas complicaciones. De modo que pueden considerarse aún como causales precisas de una indicación de vaciamiento uterino, cuando aún está vivo el feto, solamente la infección ovular severa, el embarazo tubario y ciertas molas ( de carácter maligno ), por ejemplo, con un defecto cromosómico inviable, y con diseminación tumoral en la madre o alto riesgo de ello. En estos tres casos, donde podría haber todavía una discusión ontológica, la acción médica, si resulta en un doble efecto al no sobrevivir el feto, está respaldada por la legítima intención ( sin alternativas ) de salvar a la madre de una muerte inevitable. De tal modo que, si éstas son las condiciones como se resuelve el problema médico, no se ha tratado de provocar un aborto sino que controlar una enfermedad, como es el caso de una sepsis, de una ruptura visceral o una neoplasia, con un efecto secundario lamentable ( en algunas situaciones superado por mantención de un feto con vida ), previsto, pero no buscado.

El problema fundamental de estas deplorables situaciones en que se ven afectados la madre gestante y el futuro ser, es que no resulta fácil tomar decisiones en que están en juego conceptos trascendentes, e inminentes contradicciones morales o respecto a valores de muy alta consideración. La explicable inquietud pública, frente a la difusión de estas afecciones se acentúa a raíz del habitual intercambio de opiniones alarmantemente publicitadas, en que intervienen expertos, pacientes o simples interesados en los temas pertinentes, con variadas competencias y compromisos en los casos comentados. Las discrepancias, a menudo infundadas, no contribuyen en nada a aclarar los dilemas que se le plantean a los propios involucrados y que por las repercusiones morales que conllevan debieran, en lo posible invitar a la prudencia, a la confidencialidad y a procurar fortalecer anímica y espiritualmente a los afectados, sin crearles penurias adicionales. El marco lógico de decisiones sobre estas materias deben ser los Comités de Bioética establecidos en cada clínica, hospital o servicios de salud, donde estos y otros problemas deontológicos y clínicos se suceden con mayor frecuencia de lo que estimamos y que requieren un tratamiento experto, pertinente a cada caso, y adicional a los recursos científico-tecnológicos apropiados para solucionar la enfermedad específica. Sin este aporte, que en cada caso supondrá una reflexión cuidadosa y muy bien informada, para adoptar resoluciones fundadas, nunca podremos alegar estar llevando a cabo una medicina de calidad, por prescindir del soporte ético que unido al conocimiento y a las habilidades específicas adquiridas en su formación, garantizan la excelencia profesional.

Prof. Dr. Eduardo Rosselot Jaramillo.
Presidente de la Comisión de Etica.
Facultad de Medicina. Universidad de Chile

 

 

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